Cuando alguien te da el poder, adquiere el poder subsiguiente de poder arrebatártelo en cualquier momento, siempre que se mantenga él mismo en esa situación de dominación. Por eso, al rey Juan Carlos I no le costó excesivo trabajo deshacerse de Adolfo Suárez cuando ya no servía de manera eficaz a sus intereses y el ex Presidente Aznar no tuvo posibilidad de desdecirse de la decisión de nombrar como su sucesor a Rajoy porque había perdido el poder dentro de su partido. Los asesores gubernamentales cesan cuando lo hacen las personas que los han nombrado. Es ley debida en la mecánica del ejercicio más descarnado del poderío.
Por eso, no hay que ser muy avispado para saber que con Sánchez acabará el inefable Puigdemont, que fue quien le nombró. No los millones de votantes socialistas, que fueron insuficientes para hacerlo Presidente. Ni siquiera sirvieron los millones de sufragios aportados por sus socios de Sumar. No. Al actual inquilino de La Moncloa lo nombraron con mando a distancia desde Waterloo. Por eso, el botón nuclear de finalizar la pantalla de la pesadilla sanchista lo tiene el líder de Junts. Y apenas nadie más.
No vale hacerse muchas cábalas cuando el vaticinio final está en manos de dos personalidades tan atrabiliarias como las de Sánchez y Puigdemont, que no es que tengan su lógica especial, sino que todo lo hacen por salvar su propia situación personal y por un desmedido afán de protagonismo y poder. Meternos en su cabeza es empezar a dejar de pensar de manera racional y a nadie se lo debemos aconsejar. Lo que al final sucederá depende de avatares tan disparatados que no merece la pena pararse a considerar en todas las variantes. Es como si estuviésemos en manos de dos chimpancés con pistola. Es impredecible quien acabará con quien.
Hasta tal punto estamos en manos de la eventualidad sanchista que todo lo que podamos imaginar seguramente no acabe aconteciendo. Sánchez es especialista en saltarse límites, en llevarse por encima lo que hasta ese momento era costumbre y en hacerlo todo persiguiendo su propio interés personal. Apenas hay algo más detrás de Sánchez que el propio Sánchez. Ya lo hizo al gobernar sin haber ganado las elecciones de 2023. Algo que ni siquiera se planteó Felipe González en el año 1996, cuando le hubiera bastado pactar con Convergencia para retrasar o incluso frustrar la llegada de Aznar al poder. Pero el actual Secretario General del PSOE está hecho de la pasta de la tríada oscura del maquiavelismo, narcisismo y psicopatía. Empecemos a diagnosticarlo de manera correcta si queremos no errar en el tiro.
Por eso, aventuramos que Pedro Sánchez seguirá en la pomada del PSOE cuando sea desalojado del poder en contra de lo que han hecho los ex presidentes de Gobierno cesantes, con la única excepción de Adolfo Suárez. Todos se han retirado de la política activa. En el caso de Suárez lo retiraron las pertinaces urnas. Sin embargo, lo que ya aventurábamos hace muchos años, va cobrando vida: Sánchez se ve aguantando en la oposición hasta volver otra vez a ocupar el perno azul del Gobierno. Puede que en su peculiar consideración de si mismo ese sea un peaje que gustoso estaría dispuesto a pagar para volver otra vez triunfante al poder.
Es por ello que para acabar con este felón, tenemos que dirigir las miradas a su propio partido. Sus compañeros de partido ya saben lo que es tenerse que deshacerse de Sánchez. Ya pasó en el año 2016 dónde la propia cabezonería del entonces Secretario General estuvo a punto de pasarle una gran factura al PSOE en forma de “sorpasso” del Podemos de Pablo Iglesias. Lo tuvieron que desalojar por las bravas en un episodio lamentable que quedará en el haber de sus protagonistas. Pero es que Sánchez no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer tampoco en aquella ocasión. Como no lo va a estar dispuesto cuando los españoles lo echemos con el poder de nuestro voto. Los militantes socialistas se han convertido en los cómplices de esta pérfida etapa de la política española y en esa responsabilidad están incurriendo por acción u omisión.
Y es que nos tenemos que hacer a la idea que para deshacernos de un narcisista maquiavélico como el líder del PSOE necesitamos que su propio partido lo desaloje de su dirección. Porque Sánchez no se va a ir solo. Lo tendrá que echar su partido. Contra Sánchez apenas quedan voces en contra. Solo las grandes figuras de la talla de González, Guerra, Page o Madina son capaces de alzar la voz frente a la tiranía sanchista. El resto, a callar para pillar, sean cargos, sueldos o prebendas, porque en el PSOE de Sánchez el que se mueve tampoco sale en la foto. Pocos se atreven contra el Leviatán sanchista porque ya se ha encargado de construir una organización gregaria y sumisa al servicio de su único proyecto político personal.
En parte, con razón, porque el sanchismo va a ser la última versión del PSOE. El PSOE punto final. Después de este político, aventuramos que este centenario partido pasará agónicamente a las lides de la irrelevancia política, como ha sucedido con su organización hermana en Francia o como parece que está sucediendo con los socialistas portugueses prácticamente “sorpassados” por la ultra derecha lusa. Sánchez es el canto de cisne de un Partido Socialista que pasará a mejor vida. Por eso, no son pocos los que se aferran a su líder de manera nostálgica porque las redes sociales han acabado por cargarse la hegemonía de un partido funesto para la Historia de España. El partido que ha servido a sus amos externos y ha conseguido vender al mejor postor trozos y trozos de nuestra soberanía nacional, industrial, cultural y económica.
Por todo ello, en Defensa Social no nos podemos despistar de lo que debe ser nuestro objetivo, construir una alternativa que ponga de nuevo el poder en manos de todos los españoles, sin perder de vista nuestra incansable labor de denuncia de todo el mal que los partidos del sistema están perpetrando contra nuestro indefenso pueblo. A esta labor nos dedicamos de manera humilde, pero constante. El día de mañana los españoles sabrán que podrán contar con nosotros.